Cómo sobrevive una
oligarquía a una revolución: la lección de Chiapas.
Por Iván Oré Chávez
para el Cazaoligarcas
Jan Rus es un antropólogo
estadounidense cuya trayectoria académica se ha concentrado durante décadas en
la historia social de Los Altos de Chiapas, las comunidades mayas, las
relaciones entre indígenas y Estado y las grandes transformaciones económicas y
políticas de la región. Entre sus trabajos se encuentran estudios sobre el
sistema de fincas, el poder político indígena y las transformaciones
experimentadas por las comunidades de Los Altos durante el siglo XX. Para
nuestro propósito interesa especialmente el capítulo que escribió con Gaspar
Morquecho Escamilla, “The
Urban Indigenous Movement and Elite Accommodation in San Cristóbal, Chiapas,
Mexico, 1975-2008: ‘Tenemos que vivir nuestros años’”,
publicado en 2015 en el libro Enduring
Reform: Progressive Activism and Private Sector Responses in Latin America’s
Democracies. El artículo reconstruye, principalmente mediante
testimonios de dirigentes ladinos e indígenas, cómo San Cristóbal de Las Casas
dejó de ser una ciudad controlada casi exclusivamente por una vieja élite
ladina y se convirtió en una ciudad multiétnica. Pero detrás de esa historia
aparece una cuestión mucho mayor: ¿cómo
puede una antigua oligarquía sobrevivir a una transformación social e incluso a
una rebelión que destruye el mundo sobre el cual había construido su poder?
La ciudad de la
oligarquía ladina.
A comienzos de los años setenta San
Cristóbal tenía alrededor de 25.000 habitantes y era una ciudad prácticamente
ladina, aunque se encontraba rodeada por una enorme población indígena tsotsil
y tseltal. Los tsotsiles
y tseltales son dos pueblos indígenas mayas de Chiapas, México,
especialmente numerosos en la región de Los
Altos de Chiapas, donde se encuentra San Cristóbal de Las
Casas. No son simplemente nombres de lenguas: son pueblos indígenas diferenciados,
aunque estrechamente relacionados. Cada uno posee su propia lengua —el tsotsil y el tseltal—, ambas
pertenecientes a la familia lingüística maya.
Los indígenas necesitaban entrar para
comerciar, trabajar o realizar trámites, pero su presencia permanente era
rechazada. Todavía en los años sesenta podían terminar detenidos si permanecían
en las calles durante la noche. Rus y Morquecho llegan a describir aquella
separación étnica como algo cercano a una especie de apartheid, es decir, una
segregación sistemática entre poblaciones.
Aquella segregación tenía una base
económica y política muy concreta. La mayor parte de las tierras, edificios,
negocios y maquinaria privados pertenecía a ladinos, que además ocupaban los
principales puestos estatales, federales y religiosos. Los autores encuentran
que las principales familias de San Cristóbal poseían raíces históricas
profundas y seguían apareciendo simultáneamente en el comercio, la propiedad,
la administración y la política. Por eso resulta difícil incluso separar una
“élite empresarial” de las demás élites locales: eran personas y familias que
ocupaban varios espacios de poder al mismo tiempo. Estamos, por tanto, ante
algo muy parecido a una estructura oligárquica: no simplemente ricos
individuales, sino familias históricas capaces de acumular propiedad,
relaciones políticas, prestigio y acceso institucional.
La primera grieta importante, sin
embargo, surgió fuera de San Cristóbal. Las escuelas, carreteras y programas
impulsados desde los años cincuenta por el Instituto Nacional Indigenista
contribuyeron a producir una generación indígena joven, alfabetizada, bilingüe
y cada vez más consciente de sus derechos. Esos jóvenes querían abrir
comercios, comprar camiones, conseguir empleos públicos y participar
directamente en política, pero chocaron con los caciques indígenas
tradicionales que monopolizaban la intermediación con el Estado.
Los conflictos políticos se mezclaron
con divisiones religiosas y terminaron provocando expulsiones. Desde 1976
comenzaron a aparecer en San Cristóbal colonias formadas por aquellos
expulsados. La paradoja es importante: la
primera contraélite que amenaza el viejo equilibrio de San Cristóbal no nace de
la nada con el zapatismo de 1994; comienza a formarse décadas antes entre
indígenas que ya habían desafiado a las élites de sus propias comunidades.
Del campesino
expulsado al ciudadano organizado.
La crisis económica de comienzos de
los años ochenta aceleró enormemente esta transformación. El deterioro de la
agricultura y la reducción del trabajo temporal empujaron hacia San Cristóbal a
miles de indígenas. Los primeros expulsados habían demostrado ya que era
posible instalarse allí, trabajar en mercados, construcción y turismo y
organizar colonias propias. La antigua ciudad ladina empezó entonces a
experimentar una transformación demográfica irreversible: hacia el período
estudiado por los autores, San Cristóbal había superado los 188.000 habitantes
y aproximadamente 80.000 eran tsotsiles o tseltales, asentados en unas 80
colonias.
La reacción inicial de numerosos
sectores ladinos fue intentar detener aquella “invasión”. Se dificultó el
reconocimiento de colonias y el acceso a servicios, se combatió a vendedores y
transportistas indígenas y durante años persistió la idea de que San Cristóbal
era una ciudad que pertenecía a los coletos, es decir, a la población ladina tradicional.
Pero los recién llegados comenzaron a organizarse. El CRIACH (Consejo de
Representantes Indígenas de los Altos de Chiapas), una organización indígena
surgida en 1984, terminó trascendiendo los conflictos religiosos y comunitarios
para convertir reivindicaciones dispersas en una lucha urbana por tierra,
mercados, transporte, servicios, reconocimiento y representación. Los autores
destacan precisamente que las organizaciones consiguieron superar diferencias
de religión, comunidad y hasta lengua, desarrollando una identidad indígena
urbana más amplia.
A finales de los ochenta ocurre
entonces un cambio decisivo. Los políticos locales descubren que aquellas
colonias no eran solamente un problema urbano: también constituían bloques de electores organizados.
Empiezan los intercambios sistemáticos de servicios, espacios y beneficios por
votos. El antiguo campesino había pasado a ser migrante, colono, comerciante y
miembro de una organización; ahora se convertía además en elector. Y eso
alteraba completamente el cálculo de la vieja élite: a una población que ya no
podía expulsarse fácilmente y que además podía decidir elecciones comenzaba a
resultar más rentable negociarla que combatirla.
Al mismo tiempo aparecía una
contradicción económica. Algunos miembros de las familias ladinas continuaban
rechazando ideológicamente la presencia indígena mientras sus propios negocios
dependían cada vez más del trabajo indígena. La construcción, los mercados y
posteriormente el turismo necesitaban aquella mano de obra. La vieja frontera
étnica empezaba así a resultar disfuncional para la propia economía urbana. La
ideología podía seguir diciendo que los indígenas no pertenecían a San
Cristóbal, pero el mercado comenzaba a decir exactamente lo contrario: los necesitamos aquí.
1994: cuando la
relación de fuerzas se rompe.
La rebelión zapatista no creó este
proceso, pero lo aceleró extraordinariamente. Después de enero de 1994 los
indígenas urbanos adquirieron una confianza y una capacidad de presión que
antes no poseían. Uno de los fundadores del CRIACH llegó a la legislatura
estatal; empresarios indígenas comenzaron a introducirse masivamente en el
negocio del taxi, hasta entonces controlado por ladinos; aparecieron nuevas
ocupaciones de tierras y las organizaciones indígenas consiguieron controlar
espacios económicos y territoriales que anteriormente les estaban vedados. La
flota de taxis indígenas llegó incluso a actuar durante algunos años como una
especie de fuerza de protección paralela: cuando la policía municipal no respondía
a las colonias, los propios taxistas acudían colectivamente.
Durante esos años la vieja élite
perdió realmente una parte de su capacidad de mando. Los indígenas
entrevistados recuerdan aquel momento como la época en que finalmente “ganaron
un poco”; numerosos ladinos, en cambio, recuerdan 1994-1998 como años de
desorden, amenaza e incertidumbre. Pero la reacción de la élite tampoco fue
uniforme. Los sectores más duros reclamaron la restauración del antiguo orden y
surgieron grupos como los Auténticos Coletos, mientras otros empresarios,
profesionales y funcionarios comprendieron que la nueva composición de la
ciudad era irreversible. Algunos defendieron mayor planificación e inversión
pública y otros adoptaron posiciones humanitarias o incluso simpatizaron
abiertamente con las reivindicaciones zapatistas.
Y apareció una paradoja
extraordinaria. El levantamiento que amenazaba políticamente a la vieja élite
convirtió a Chiapas en un foco de atención mundial. Llegaron periodistas,
investigadores, activistas, organizaciones internacionales y turistas. El
Estado mexicano comenzó además a invertir mayores recursos porque San Cristóbal
y Chiapas eran considerados un foco
rojo, es decir, un punto potencial de inestabilidad. Algunos
empresarios ladinos que rechazaban políticamente el zapatismo terminaron
beneficiándose económicamente del crecimiento turístico provocado, en parte,
por la notoriedad internacional de la propia rebelión. La revolución comenzaba a producir
oportunidades económicas para algunos de aquellos a quienes había amenazado.
Restaurar el orden
sin regresar al viejo orden.
Entre 1998 y 2002 el Estado recuperó
progresivamente capacidad coercitiva. Hubo operativos policiales y militares,
encarcelamiento de dirigentes, controles sobre vehículos y armas, desalojos de
vendedores y recuperación de determinadas tierras ocupadas. Hacia 2002
numerosos ladinos consideraban que la correlación de fuerzas había vuelto a
inclinarse a su favor. Pero Rus y Morquecho introducen aquí una precisión
fundamental: “The status
quo ante 1994 was not re-established”, es decir, “no se restableció el statu quo
anterior a 1994”. Volvió el orden, pero no volvió el viejo
orden.
Los taxis indígenas, por ejemplo, no
fueron eliminados. Centenares recibieron licencias mientras el Estado
recuperaba paulatinamente la regulación del transporte. Tampoco desapareció la
representación política indígena. En 1998 un chamula fue elegido por primera
vez al ayuntamiento de San Cristóbal y, aunque posteriormente renunció
denunciando el trato arbitrario hacia los indígenas, los propios autores
observan que desde entonces incluso las fuerzas políticas relativamente
conservadoras consideraron necesario incorporar representantes chamulas a sus
candidaturas. La inclusión que antes parecía inconcebible se había convertido
en una necesidad política. Un chamula es una
persona originaria o perteneciente a la comunidad indígena de San Juan Chamula,
municipio situado en Los Altos de Chiapas, cerca de San Cristóbal de Las Casas,
cuya población es mayoritariamente tsotsil
Aquí aparece con claridad el
significado de elite
accommodation, acomodación
de la élite. Rus y Morquecho sostienen que la élite ladina
terminó cediendo mayor espacio económico y político a los mayas a cambio de
procedimientos más previsibles y, al menos formalmente, democráticos. Y
escriben algo especialmente importante para nuestro problema: esa acomodación
permitió a la élite ladina mantener
su control, mientras dirigentes mayas pensaban que aquella
misma apertura terminaría permitiéndoles conquistarlo. En otras palabras,
compartir una parte del poder podía convertirse en la condición necesaria para
conservar otra parte. La estrategia había pasado de la exclusión y segregación a
una combinación mucho más sofisticada de coerción, reconocimiento, servicios,
representación, elecciones y negociación.
Del indígena elector
al indígena consumidor.
Después de 2002 la transformación
económica profundizó todavía más ese proceso. San Cristóbal experimentó un
fuerte auge turístico y comercial. Llegaron grandes cadenas nacionales e
internacionales, aumentaron espectacularmente los hoteles, restaurantes,
comercios y agencias turísticas y las remesas enviadas por indígenas emigrados
a Estados Unidos comenzaron a circular por los mercados locales. El indígena
dejó entonces de ser solamente trabajador y elector para convertirse en algo
igualmente importante para la economía urbana: consumidor.
Rus y Morquecho observan un fenómeno
extraordinariamente revelador. Las cadenas comerciales llegadas desde fuera
trataban a indígenas y ladinos como clientes iguales, sin reproducir prácticas
tradicionales como hacer esperar al indígena mientras se atendía primero al
ladino. Para competir, los establecimientos locales tuvieron que cambiar. Hacia
2008 incluso negocios pertenecientes a algunas de las familias más
conservadoras contrataban trabajadores indígenas que pudieran atender a los
nuevos consumidores en sus propias lenguas. El mercado estaba contribuyendo a
erosionar una jerarquía étnica que había sobrevivido durante generaciones. El
proceso completo podía verse ahora con bastante claridad: campesino, migrante, colono,
trabajador, organizado, comerciante, elector y finalmente consumidor.
La persona que décadas antes debía abandonar las calles al caer la noche se
había convertido en alguien cuyo trabajo necesitaba la empresa, cuyo dinero
necesitaba el comerciante y cuyo voto necesitaba el político.
Pero esto tampoco significó
simplemente que la vieja oligarquía hubiera absorbido a los indígenas.
Surgieron nuevas élites indígenas. Dirigentes que combinaban liderazgo
religioso, organizaciones de colonias, sindicatos, comercio y representación
política comenzaron a ocupar posiciones anteriormente reservadas a los ladinos.
En 2003 ocurrió algo especialmente significativo: un tsotsil de Chamula ganó
una diputación federal después de que dirigentes indígenas movilizaran recursos
económicos, propaganda y votos suficientes para imponerse a los candidatos
vinculados con sectores de la antigua élite ladina. Y aquel político ni
siquiera provenía del movimiento de los expulsados: pertenecía a una generación
joven de la antigua élite caciquil chamula. Los hijos de los caciques y los
descendientes de quienes habían sido expulsados empezaban a compartir el mismo
espacio urbano y, en determinadas elecciones, incluso el mismo comportamiento
político.
Por eso sería demasiado simple
concluir que “la oligarquía permaneció igual”. No permaneció igual. Algunas
antiguas familias conservaron propiedades y se beneficiaron del auge
inmobiliario y turístico; otras actividades comerciales ladinas perdieron
posiciones frente a nuevas empresas y capitales externos; surgieron empresarios
y dirigentes indígenas y continuaron existiendo amplios sectores pobres tanto
indígenas como ladinos. Lo que sobrevivió no fue intactamente el viejo sistema
de castas urbanas, sino parte de las familias y recursos de poder que habían
dominado ese sistema. La
oligarquía tuvo que aprender a competir dentro de un mundo que ya no podía
monopolizar.
La crisis demuestra
que la acomodación no elimina el conflicto.
El epílogo del estudio resulta
particularmente útil porque evita convertir esta historia en un relato feliz de
reconciliación. La convivencia alcanzada hacia 2008 coincidió con empleo,
turismo, construcción, remesas, inversión pública y expansión comercial. Cuando
llegó la crisis internacional, cayeron las remesas y el turismo extranjero,
regresaron trabajadores desde Estados Unidos y aumentó nuevamente el comercio
callejero. Entonces reaparecieron antiguas tensiones: comerciantes establecidos
reclamaron contra vendedores indígenas, las autoridades intentaron nuevamente
despejar calles y plazas y volvieron las ocupaciones de terrenos y mercados.
Esto demuestra que la acomodación no
significaba la desaparición del conflicto, sino la construcción de un
equilibrio. Mientras existían suficientes oportunidades económicas, distintos
grupos podían beneficiarse simultáneamente de la nueva ciudad. Cuando esas
oportunidades disminuyeron, volvió la competencia por el espacio, el empleo y
los mercados, y reaparecieron incluso algunos viejos reflejos étnicos. Rus y
Morquecho terminan precisamente sin proclamar una victoria definitiva de nadie:
el modus vivendi,
es decir, el modo de
convivencia, construido durante aquellas décadas seguía
existiendo, pero comenzaba nuevamente a desgastarse.
¿Chiapas en pequeño,
América Latina en grande?
Y aquí aparece la pregunta que
verdaderamente nos interesa: ¿lo
ocurrido en San Cristóbal no podría estar reproduciéndose, con características
distintas, a escala mucho mayor en América Latina? El trabajo
de Rus y Morquecho no permite responder afirmativamente por sí solo, porque
estudia una ciudad y un proceso histórico determinados. Pero sí proporciona una
hipótesis comparativa extraordinariamente sugerente. Durante el último siglo,
América Latina atravesó revoluciones, reformas agrarias, industrialización,
migraciones rurales masivas, ampliación del sufragio, urbanización, movimientos
campesinos e indígenas, democratización y expansión del consumo. Millones de
personas dejaron de ocupar únicamente la posición de campesinos, peones o
trabajadores rurales y pasaron a convertirse también en habitantes urbanos,
trabajadores asalariados, comerciantes, consumidores, ciudadanos organizados y
electores.
La pregunta entonces no es solamente
qué ocurrió con aquellos sectores populares. Hay que mirar simultáneamente qué hicieron las antiguas élites
mientras todo eso ocurría. ¿Desaparecieron realmente o algunas
abandonaron las posiciones que ya no podían defender y transformaron sus
recursos? ¿Convirtieron tierras en capital urbano, pasaron de hacendados a
empresarios, de empresarios a inversionistas, del control político directo a la
influencia institucional? ¿Aceptaron el sufragio, la democracia de masas,
nuevos consumidores y nuevas élites precisamente porque comprendieron que
podían seguir conservando poder dentro de ese nuevo escenario?
Ésa sería una hipótesis mucho más
interesante que imaginar simplemente una oligarquía inmóvil resistiendo durante
siglos. El caso de San Cristóbal muestra algo diferente: una élite puede sobrevivir
precisamente porque cambia. Puede perder privilegios, aceptar
nuevos competidores, ceder representación política y abandonar mecanismos de
exclusión que ya resultan imposibles de sostener, mientras conserva y
reconvierte propiedades, empresas, educación, redes familiares, contactos
políticos y capacidad de inversión. La revolución puede destruir el régimen
oligárquico sin destruir necesariamente a todos los integrantes de la antigua
oligarquía.
Por eso quizá la pregunta correcta
para estudiar América Latina no sea solamente qué revoluciones triunfaron y cuáles fracasaron.
Habría que formular otra: ¿qué
hicieron las viejas élites después de cada revolución, reforma agraria,
democratización o gran movilización popular? Porque la
verdadera capacidad de supervivencia de una oligarquía quizá no se mida
únicamente por su capacidad de impedir una revolución. Puede medirse también
por algo bastante más revelador: mirar
quiénes siguen ocupando posiciones de poder cuando la revolución ya pasó.