martes, mayo 12, 2026

La paradoja Alarco: la vieja clase dirigente vista desde dentro.

La paradoja Alarco: la vieja clase dirigente vista desde dentro.

Por Iván Oré Chávez

Luis Felipe Alarco Larrabure, filósofo y socio del Club Nacional, escribió en 1977 un retrato devastador de la élite limeña. En La vieja clase dirigente describió cómo la oligarquía, aun derrocada y golpeada por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado —con sus reformas de expropiación de tierras e industrias, la base económica de su poder—, seguía siendo árbitro del ascenso social.


“Se les ataca con saña en el campo político y se destroza su base económica, pero continúan siendo los árbitros de quienes dependen el espaldarazo y el ascenso social. Ha sobrevenido un régimen de castas de nuevo formato.” (Equis X, 3 de febrero de 1977)

La oligarquía peruana no necesita definirse: basta leer a Alarco, el filósofo que la denunció desde dentro. Su paradoja personal revela que incluso los críticos más lúcidos no pudieron escapar del magnetismo de esa élite.


Luis Felipe Alarco Larrabure no fue un crítico externo ni un agitador marginal. Su genealogía lo inscribe en el corazón de la élite limeña: descendiente de los Alarco, enlazados con los Dammert, Aspíllaga, Ferrand, Dibós y Rizo Patrón, entre otros apellidos que sostuvieron la arquitectura oligárquica del Perú. En 1980 ingresó al Club Nacional como socio N.º 2406, el mismo espacio que simboliza la continuidad de esa clase dirigente.

📊 La paradoja Alarco Denunció con lucidez la ceguera de la oligarquía, su desprecio por lo indígena y su refugio en privilegios. Señaló que, incluso después de haber sido derrocada y golpeada por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado —con la expropiación de tierras e industrias que constituían la base económica de su poder—, la vieja clase dirigente seguía siendo árbitro del ascenso social. Sin embargo, su propio nombre figura en el padrón del Club Nacional, la institución que perpetúa esa misma lógica.

1. La Conquista y el origen de la dominación

El conquistador invade tierras extrañas y somete a los nativos, diluyendo las diferencias internas de los vencidos frente al poder del nuevo amo; así, la espada inaugura la historia colonial como símbolo de fuerza y lucro disfrazados de argumento. Esa lógica de dominación se reitera siglos más tarde en tono menor, cuando el dictador moderno conquista a su manera sin gesta heroica, justificado por sofistas que embellecen con palabras lo que en esencia sigue siendo imposición y sometimiento.


En nuestro análisis, las parcialidades y los ayllus se diluyen hasta que ya nadie recuerda de qué ayllu proviene su origen. Se borran las diferencias, pero no se forma un verdadero sentimiento de unidad; en su lugar surge la búsqueda de signos de falso estatus. El argumento sirve para disfrazar el poder y, al hacerlo, se requiere cada vez menos fuerza para imponerlo. Por lo tanto, la dominación se vuelve más fácil y menos costosa. Ejemplo de ello lo vimos durante el golpe de Estado de Vizcarra: bastó el uso de policías de tránsito para cerrar el Congreso y de legistas que justificaron el acto. Es un pueblo que se somete de esa manera, con la misma lógica que Alarco señalaba: la fuerza se disfraza y el sometimiento se perpetúa.

 

2. La República y la herencia colonial.

Alarco sostiene que la independencia fue presentada como una ruptura, pero en realidad los herederos de España permanecieron en el poder. La clase dirigente peruana, con raíces ancestrales en el viejo continente, se siente extranjera en su propia tierra y deslumbrada por Europa. Desde esa mirada, desprecia lo indígena, lo considera bárbaro y anecdótico. El incanato es visto como exotismo muerto, sin valor para el presente. Para esta élite, las tradiciones que aún perviven en las masas indígenas no tienen importancia: pertenecen a los siervos.

 


En nuestro análisis, es cierto que la élite ha mantenido su continuidad, pero lo indígena solo fue utilizado —desde la colonia y luego en la república— en aquello que resultaba útil para sostener la dominación. Esa fue la mejor herencia que la casta oligárquica recibió de la colonia y que conserva hasta hoy: las técnicas de control social del incanato preservadas como instrumentos de poder. La vieja nobleza nativa, que detentaba la cultura original, fue asimilada y prefirió lo hispano, mientras que el pueblo indígena sufrió una degradación cultural continua. Sus costumbres se transformaron en hábitos sin sentido, despojados de razón, lo que desembocó en una carencia de identidad y en un complejo de inferioridad que aún origina exclusiones y jerarquizaciones ilógicas, semejantes a una behetría urbana.

 

3. El pasado virreinal como refugio.

Alarco señala que la élite peruana se aferra a su pasado virreinal, incapaz de proyectar un futuro republicano. La república es para ellos un desconcierto y la causa de sus males, por lo que mantienen la añoranza de cuando colaboraban con los virreyes sin tener que inclinarse ante caudillos mestizos a quienes desprecian. De la corte heredaron la diplomacia, el gesto elegante, la fineza y el donaire de sus mujeres, pero carecen de auténtico don de mando y de la energía indómita de los conquistadores. Por eso, son arrollados de continuo por el frenesí de los caudillos militares.


En nuestro análisis, la república fue, en realidad, el mal menor para la élite, porque al otorgar a todos el estatus formal de ciudadanos les permitió camuflarse dentro de la sociedad y evitar que el pueblo —tan propenso a jerarquizaciones artificiales— desarrollara un sentido más realista de “ellos” y “nosotros”. Antes colaboraban con los virreyes, ahora lo hacen con los CEOs corporativos, mayordomos de transnacionales, algunos de los cuales incluso ingresan al Club Nacional como socios. Los caudillos mestizos de antaño son hoy los caciques de los partidos políticos, que filtran proyectos de ley muchas veces incoherentes pero funcionales a intereses creados.

Al no poder ejercer directamente el “trabajo sucio” de la dominación, la élite necesita de una estructura republicana donde pueda disimularse y donde sus burócratas y altos funcionarios le sean dóciles. El verdadero peligro surge cuando el mayordomo o el caudillo-capataz toma conciencia de su poder y busca reemplazarlos. Esa tensión explica la fragilidad de la república peruana: un sistema que sirve de máscara para la continuidad oligárquica, pero que siempre corre el riesgo de que sus intermediarios se emancipen.

 

4. La caducidad de la jerarquía tradicional.

Alarco explica que en un remoto pasado las armas convirtieron a unos en señores y a otros en siervos. Más adelante, esa jerarquía se legitimó mediante la educación y la cultura. Sin embargo, esa premisa ha caducado: los nuevos tiempos requieren disfraces más sutiles, pues ya no es posible enunciar abiertamente lo que se piensa. Las dictaduras latinoamericanas difieren en sus formas, pero coinciden en un punto: el derecho de la nueva casta al gobierno.

 

En nuestro análisis, la jerarquía real ya no se sustenta ni en la fuerza ni en la cultura. Los oligarcas dejaron de formar parte del ejército, y aunque aún controlan espacios académicos, en el siglo digital ya no pueden dominar el discurso. El aparato burocrático es tan enorme que resulta absurdo intentar controlarlo directamente. Lo que vemos en la CONFIEP y otras expresiones gremiales es revelador: allí ya no figuran los oligarcas, sino sus mayordomos corporativos.

Los oligarcas han mantenido el poder patrimonial, pero se han resguardado en ciudadelas amuralladas, sin contacto social con el exterior. Su poder es tal que no necesitan exponerse ni ideológicamente ni socialmente: a través de sus corporaciones ofrecen al pueblo símbolos de estatus mediante el consumo. Las plazas arboladas de antaño han sido sustituidas por plazas comerciales de cemento, y el pueblo se entretiene comparándose entre sí por su estatus basado en lo que consume, mientras la oligarquía llena los estantes y se reinventa como una casta metamorfoseada.

 

 

5. La rebelión y la paradoja de la oligarquía.

Alarco describe que la vieja clase dirigente, derrocada sin defenderse, no logra comprender la rebelión de sus antiguos domésticos, azuzados por demagogos que asaltan el cielo con sus anatemas. Señala que esos mismos rebeldes envían a sus hijos a los colegios que antes eran privilegio de la élite y que sus esposas tocan con humildad las puertas de sus salones, sintiéndose honradas si son admitidas. Aunque se les ataca con saña en lo político y se destruye su base económica —en el contexto de las reformas velasquistas que expropiaron tierras e industrias—, la oligarquía continúa siendo árbitro del ascenso social.

 

En nuestro análisis, la paradoja es que, aun cuando la oligarquía fue despojada de su base económica por el gobierno militar de Velasco, su rol social se mantuvo intacto. El pueblo, incluso en rebelión, sigue buscando validación en los espacios y símbolos de la élite: colegios, salones, círculos sociales. Esto revela que la dominación no depende solo de la riqueza material, sino de un capital simbólico que la oligarquía conserva y administra.

En nuestro análisis, esta dinámica muestra cómo el pueblo peruano, propenso a jerarquizaciones artificiales, reproduce la lógica de exclusión incluso cuando se enfrenta a ella. Los demagogos que atacan a la élite terminan reforzando su prestigio al desear sus espacios. La oligarquía, por tanto, se recicla como árbitro del ascenso social, disfrazando su poder bajo nuevas formas. El golpe velasquista destruyó haciendas e industrias, pero no pudo destruir el magnetismo cultural y social de la élite, que sigue funcionando como filtro de prestigio y estatus.

 

 

6. El régimen de castas de nuevo formato

Alarco afirma que ha sobrevenido un régimen de castas disfrazado, que quienes gobiernan no advierten. El poder embriaga incluso a los hombres más íntegros, pues el coro de los palaciegos los adormece en la cima. El despertar, en cambio, suele ser terrible.

 

En nuestro análisis, la casta oligárquica, al renunciar al ejercicio directo del poder y reservarse únicamente el poder económico, permitió la creación artificial de castas efímeras dentro del pueblo que dan la cara a la galería para hacer creer que existe una élite política estable. Esa es la verdadera casta disfrazada. En el siglo XXI, esta casta política es inestable: gracias a la valla electoral no tiene la perpetuidad que otorga pertenecer a una casta real como la económica u oligárquica.

Lo que se está formando es una especie de directorio informal, donde congresistas y presidentes terminan convertidos en simples fantoches del poder. La oligarquía ya no necesita exponerse ni sostener discursos ideológicos: se oculta tras sus corporaciones, mientras delega la representación política a figuras efímeras que se desgastan en la escena pública. El pueblo, confundido por esta teatralidad, cree que existe una élite política estable, cuando en realidad solo observa a los mayordomos de un poder patrimonial que permanece intacto y silencioso.

CONCLUSIONES

El recorrido de Alarco revela que la oligarquía peruana nunca desapareció: se transformó. Desde la Conquista hasta la República, pasando por el refugio virreinal y la caducidad de las jerarquías tradicionales, la élite ha sabido reciclarse en nuevas formas de poder. Derrocada en lo económico por Velasco, mantuvo intacto su rol social como árbitro del ascenso. En el siglo XXI, ya no necesita mostrarse ni sostener discursos ideológicos: se oculta tras corporaciones, directorios informales y símbolos de consumo, mientras delega la representación política a castas efímeras que se desgastan en la escena pública.

La paradoja es clara: la oligarquía se auto‑exime, confunde privilegio con impunidad y se reinventa como casta disfrazada. El pueblo, propenso a jerarquizaciones artificiales, reproduce esa lógica incluso en su rebelión, buscando validación en los espacios de la élite. Así, la dominación se perpetúa con menor costo y mayor eficacia, bajo máscaras cada vez más sutiles.

La oligarquía no necesita definirse: basta leer a Alarco, el filósofo que la denunció desde dentro, y reconocer que su poder sigue vivo, metamorfoseado en nuevas castas.


Sobre el autor: Iván Oré Chávez. PREMIO I Concurso de Investigación Jurídica de la Convención Nacional de Derecho Constitucional (CONADEC 2003). // Primer lugar del PREMIO de Investigación VII Taller "La Investigación Jurídica: un reto para la Universidad moderna" Facultad de Derecho y Ciencia Política UNMSM en categoría tesistas (2004). // Tercer lugar del II CONCURSO de artículos de investigación jurídica "La familia desde la perspectiva de los DDHH" organizado por el Consejo Ejecutivo del Poder Judicial, la Comisión de Magistrados del Área de Familia del Año 2009, la Corte Superior de Justicia de Lima, y el Centro de Investigaciones Judiciales. // Miembro de la nómina de colaboradores de la REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURÍDICAS “Nómadas” de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología - Universidad Complutense de Madrid (UCM).