EL GABINETE DE KEIKO-
Por Iván Oré.
I. LA LEGITIMIDAD ELECTORAL Y LA COMPOSICIÓN DEL PODER.
La primera vuelta de las elecciones generales de 2026 dejó un dato que
pasó prácticamente inadvertido. Keiko Fujimori obtuvo 2'877,678 votos,
equivalentes al 17.192 % de los votos válidos. Sin embargo, ese respaldo
representa solo el 14.269 % de los votos emitidos y apenas el 10.53 %
del padrón electoral, incluyendo a los ciudadanos que no acudieron a votar.
Los números resultan aún más reveladores cuando se observa el voto de
rechazo. Los votos en blanco (2'372,895) y los votos nulos
(1'056,811) sumaron 3'429,706 sufragios, es decir, 552,028 votos
más que la candidatura que ocupó el primer lugar. En otras palabras, el
mayor caudal individual de la primera vuelta no correspondió a ningún partido
político, sino al voto inválido.
Ese dato nos plantea una pregunta: ¿quiénes terminaron ejerciendo el
poder después de la elección? Esa es la pregunta que guía esta
investigación. No pretende analizar quién ganó las elecciones, sino identificar
las redes políticas, económicas, jurídicas, empresariales y familiares que
confluyen en el primer gabinete ministerial.
Mientras el poder electoral se dispersa, el poder oligárquico tiende
a concentrarse. Cuanto más débil es la representación política surgida de las
urnas, mayor espacio adquieren las redes económicas, jurídicas, empresariales y
familiares para ocupar posiciones estratégicas dentro del Estado. Ese es el
fenómeno que analiza esta investigación.
CARLOS ESPÁ: DEL PERIODISMO AL PODER, PASANDO POR LAS REDES
TRADICIONALES DE INFLUENCIA.
Carlos Espá llega a la Cancillería sin representar una fuerza electoral
significativa. En las elecciones generales de 2026, SíCreo obtuvo apenas
560,792 votos (3.350 % de los votos válidos), ubicándose en el noveno lugar
entre treinta y seis candidaturas presidenciales. Su designación ministerial,
por tanto, difícilmente puede explicarse por un importante respaldo ciudadano.
Su trayectoria revela otro tipo de capital. Egresó de la Pontificia
Universidad Católica del Perú, obtuvo una beca Fulbright para cursar una
maestría en The American University y durante quince años (2008-2023)
dirigió el área de Comunicaciones de la Embajada de los Estados Unidos en el
Perú. Antes desarrolló una extensa carrera periodística en La Prensa, El
Comercio, Oiga, RPP, Panamericana Televisión, América Televisión, Canal N y
Expreso.
Su recorrido político tampoco corresponde al de un outsider. En los
años ochenta integró el grupo de los llamados jóvenes turcos, vinculado
posteriormente al Movimiento Libertad de Mario Vargas Llosa.
Décadas después fundó SíCreo, pero su trayectoria siempre permaneció
conectada a los principales medios de comunicación, organismos internacionales
y redes diplomáticas.
A ello se suma un elemento constante en esta investigación. Carlos
Espá figura como socio del Club Nacional, institución donde convergen
históricamente empresarios, abogados, financistas, altos funcionarios y
políticos pertenecientes a los sectores tradicionales de la élite peruana. Su
cercanía con Rafael Rey, también socio del Club, tampoco es reciente.
Durante la campaña presidencial de 2026, Rey fue uno de los principales
promotores públicos de su candidatura y hoy ambos integran el mismo gabinete
ministerial.
Ese vínculo adquiere mayor significado cuando se recuerda el conflicto
por Rutas de Lima. Mientras Rafael López Aliaga impulsaba la resolución
de la concesión, Rafael Rey defendía públicamente la estabilidad contractual.
En ese mismo escenario reaparecían nombres como José Graña Miró Quesada,
Domingo García Belaúnde y Pedro Pablo Kuczynski, todos ellos integrantes
del mismo circuito de relaciones asociado al Club Nacional. Más que una
coincidencia aislada, el episodio muestra cómo actores provenientes de ámbitos
aparentemente distintos terminan convergiendo alrededor de un mismo núcleo de
poder.
Un elemento adicional fue señalado por el analista Nicolás Morás
en su pódcast Los Liberales. Según Morás, el principal activo político
de Espá radica en los quince años que trabajó en la Embajada de los Estados
Unidos, experiencia que le permitió establecer relaciones con la estructura
diplomática estadounidense. En ese contexto, Morás llegó incluso a mencionar a
la CIA como parte del entorno estratégico asociado a esa experiencia y
sostuvo que ese perfil explicaría su designación en un escenario marcado por la
competencia geopolítica entre Estados Unidos y China.
Con 560,792 votos (3.350 %), Carlos Espá obtuvo un respaldo
electoral reducido. Sin embargo, asumió la conducción de uno de los ministerios
más importantes del Estado. Su principal capital político no parece residir en
las urnas, sino en una red de relaciones construida durante décadas entre la
diplomacia, los medios de comunicación, la academia y los espacios
tradicionales de influencia de la élite peruana.
La proyección internacional de Espá tampoco puede analizarse
aisladamente. En 2026 integró una fórmula presidencial con Alejandro Santa María
Silva, promotor de la Cátedra Willy Brandt sobre los Objetivos de Desarrollo
Sostenible (ODS). Para Cazaoligarcas, esa fórmula reunía dos componentes
complementarios: Espá aportaba las redes diplomáticas y empresariales; Santa
María, el componente tecnocrático asociado a la Agenda 2030, que busca trasladar decisiones que antes
correspondían a los pueblos hacia organismos internacionales y grandes
corporaciones transnacionales.
RAFAEL BELAÚNDE LLOSA: LA CASTA VUELVE AL PODER SIN NECESIDAD DE
GANAR ELECCIONES
Si existe un ministro que simboliza la continuidad histórica de las
élites tradicionales peruanas, probablemente sea Rafael Jorge Belaúnde Llosa.
Su designación como ministro de Defensa no puede entenderse únicamente desde su
experiencia profesional. Su verdadero significado aparece al observar
conjuntamente su genealogía, su trayectoria política y su respaldo electoral.
En las elecciones presidenciales de 2026, Belaúnde fue candidato por Libertad
Popular y obtuvo apenas 40,870 votos (0.244 % de los votos válidos),
ocupando el vigésimo séptimo lugar entre treinta y seis candidatos.
Tampoco se trataba de un episodio aislado. En 2001 postuló al Congreso por el Frente
Independiente Moralizador, sin resultar elegido. Posteriormente pasó por Partido
Adelante, Todos por el Perú y finalmente fundó Libertad Popular
junto con Pedro Cateriano. Después de más de dos décadas de actividad
política, su capital electoral continúa siendo prácticamente inexistente.
Su verdadero capital proviene de otro lugar. Es nieto del
expresidente Fernando Belaúnde Terry, bisnieto de Rafael Belaúnde Diez
Canseco, presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de José
Luis Bustamante y Rivero, bisnieto de Ernesto Montagne Markholz, también
presidente del Consejo de Ministros, y descendiente del expresidente Pedro
Diez Canseco Corbacho. Pocas familias han ocupado posiciones tan relevantes
dentro del Estado peruano durante tantas generaciones consecutivas.
Ese linaje fue estudiado por Herminio Parra Rivera en La
casta de los Belaúnde, donde reconstruye el origen patrimonial de la
familia desde la época colonial. Según esa investigación, los Belaúnde
consolidaron su posición mediante alianzas matrimoniales con familias
tradicionales como De la Torre, Diez Canseco, Luna Pizarro y Moreyra,
acumulando haciendas, propiedades agrícolas, intereses mineros, comerciales y
empresariales. El mismo estudio sostiene que durante el primer gobierno de
Fernando Belaúnde Terry el entorno familiar mantenía participación o influencia
en aproximadamente 46 sociedades anónimas, vinculadas a sectores como
minería, agricultura, banca, industria, pesca, comercio e inmobiliarias.
La continuidad de ese entramado también aparece en el plano social. Rafael
Belaúnde Llosa figura como socio del Club Nacional, el mismo espacio donde
reaparecen Rafael Rey, Carlos Espá, José Graña Miró Quesada, Pedro Pablo
Kuczynski, Domingo García Belaúnde y Walter Piazza, entre otros
personajes analizados en esta investigación. Más que un simple club social,
vuelve a funcionar como un punto de convergencia entre familias tradicionales,
empresarios, abogados, diplomáticos y antiguos funcionarios del Estado.
Con apenas 40,870 votos, Rafael Belaúnde alcanzó uno de los
ministerios más importantes del país. Su caso demuestra que determinadas élites
ya no necesitan imponerse electoralmente para conservar influencia política. Mientras
los votos cambian cada cinco años, las redes familiares pueden conservar el
poder durante generaciones.
A primera vista, Rafael Belaúnde Llosa parece no guardar relación con
la cartera de Defensa. Su formación es la de economista y su trayectoria
profesional se ha desarrollado principalmente en la gestión de tierras, la
consultoría y la actividad política. Sin embargo, no analizamos únicamente la
especialización profesional, sino la experiencia histórica de determinadas
castas en el ejercicio del poder.
Durante el primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry, Javier Alva
Orlandini asumió el entonces Ministerio de Gobierno. Según el ingeniero Jim
Andrew Palomares Anselmo, en ¿Por qué estamos así? El poder abusivo (2007),
obra que cita a Alfonso Baella Tuesta (El Poder Invisible, p. 80) y a Roger
Mercado (El Ejército y las Guerrillas, pp. 231-232), esa etapa concentró la
fase más intensa de la campaña contrainsurgente de 1965. El autor sostiene que
el gobierno ordenó la intervención militar contra las guerrillas del MIR y del
ELN con apoyo estadounidense y que la International Petroleum Company (IPC)
habría instalado una fábrica de napalm en Madre de Dios para abastecer las
operaciones militares. Asimismo, menciona 5,000 horas de vuelo, el empleo de
aeronaves C-130 Hércules de la USAF, el encarcelamiento de 3,600 personas, el
incendio de 14,000 hectáreas de cultivos, el desplazamiento de 93 caseríos con
19,000 habitantes y la muerte de 8,000 campesinos. A ello añade las denuncias
de Juan Mejía Baca sobre la incautación y quema de libros, así como la
existencia de oficios atribuidos a Javier Alva Orlandini autorizando su
destrucción.
Ese antecedente ayuda a entender el nombramiento de Rafael Belaúnde. La
experiencia que aporta al gabinete no parece ser militar, sino la de un linaje
que durante generaciones ha ocupado los principales órganos del Estado. Las
familias Belaúnde, Alva y Diez Canseco no solo heredaron cargos públicos; también
acumularon experiencia en la conducción del poder político. Desde esa
perspectiva, la designación de Rafael Belaúnde en Defensa deja de parecer una
anomalía y pasa a entenderse como la continuidad de una tradición de Estado
propia de la vieja élite republicana.
RAFAEL REY: EL POLÍTICO SIN ELECTORADO QUE REGRESA DESDE LA VIEJA ÉLITE.
Rafael Rey no representa hoy una fuerza política significativa. Sus
principales triunfos electorales pertenecen al pasado: fue diputado por FREDEMO
en 1990, congresista constituyente en 1992, congresista por Renovación en 1995,
congresista por Unidad Nacional en 2001 y parlamentario andino en 2006 y 2011.
Sin embargo, el partido que fundó, Renovación Nacional, fue cancelado en
2012 y desde entonces no ha vuelto a construir una organización con respaldo
ciudadano relevante. Su retorno al gabinete, por tanto, difícilmente puede
explicarse por las urnas. Hoy su principal capital político parece residir en
las redes de influencia que conserva como socio N.° 2599 del Club Nacional.
El episodio de Rutas de Lima permite observar con claridad el
funcionamiento de esas redes oligárquicas. Cuando el alcalde Rafael López Aliaga impulsó la
resolución de la concesión de los peajes, Rafael Rey se convirtió en uno de los
críticos más visibles de esa decisión. En su programa Rey con Barba y en
diversas entrevistas sostuvo catastrofistamente que resolver el contrato
afectaría la seguridad jurídica del país y ahuyentaría la inversión privada.
López Aliaga respondió acusándolo públicamente de actuar como defensor de la
concesionaria y de dedicar extensos espacios a sostener una posición favorable
a Rutas de Lima.
Detrás de esa controversia aparece un dato mucho más revelador. La
concesión de Rutas de Lima estuvo originalmente integrada por Graña y
Montero y Odebrecht. El principal accionista histórico de Graña y
Montero fue José Graña Miró Quesada, socio N.° 3449 del Club Nacional.
La defensa jurídica de la concesión fue asumida públicamente por Domingo
García Belaúnde, socio N.° 1761 del Club Nacional. En el debate
político también apareció Pedro Pablo Kuczynski, socio N.° 2470 del
Club Nacional, cuya gestión estuvo asociada a la continuidad del modelo
concesional. A ellos se suma Walter Piazza Tanguis, socio N.° 0768
del Club Nacional, fundador de Cosapi, empresa posteriormente investigada
dentro del denominado Club de la Construcción. Finalmente, Rafael
Belaúnde Llosa, actual ministro de Defensa y también socio del Club
Nacional, pertenece a una de las familias políticas más antiguas de la
República, cuyos principales integrantes también figuran en las memorias
históricas de esa institución.
La coincidencia resulta difícil de ignorar. Empresarios, abogados,
expresidentes, exministros, comentaristas políticos y dirigentes aparecen
ocupando posiciones distintas, pero vinculados por un mismo espacio de
sociabilidad. Lo objetivamente verificable es que muchos de los protagonistas
de uno de los conflictos económicos más importantes del país pertenecen al
mismo circuito institucional.
Mientras tanto, el centro del debate quedó desplazado. La discusión
pública giró alrededor de la estabilidad contractual, la seguridad jurídica y
la confianza de los inversionistas. Mucho menor atención recibieron los
derechos de cientos de miles de ciudadanos obligados durante años a pagar
peajes cuestionados constitucionalmente. Finalmente, el Tribunal
Constitucional estableció que el ejercicio del derecho al libre tránsito
exige la existencia de rutas alternativas reales, condicionando la ejecución
del contrato para garantizar la libertad de elección de los usuarios.
El interés del caso trasciende la figura de Rafael Rey. Rutas de
Lima permite observar un fenómeno que se repetirá continuamente: mientras los
actores cambian, el círculo de relaciones permanece. Las elecciones
renuevan autoridades; las redes empresariales, jurídicas, financieras y
políticas sobreviven a los gobiernos. En ese sentido, el regreso de Rafael Rey
al gabinete no representa únicamente la designación de un exministro
experimentado, sino la permanencia de una estructura de poder cuya influencia
descansa menos en el respaldo electoral que en la continuidad de sus vínculos
institucionales y sociales.
ELMER CUBA: EL REGRESO DE MACROCONSULT AL MINISTERIO DE ECONOMÍA.
El nombramiento de Elmer Cuba como ministro de Economía
representa el retorno de Macroconsult al manejo directo de la política
económica. Durante décadas, esta consultora ha mantenido una estrecha relación
con grandes grupos empresariales, directorios corporativos vinculados a la
oligarquía peruana, organismos multilaterales y entidades del propio Estado,
convirtiéndose en uno de los principales centros privados de influencia sobre
la política económica peruana.
La trayectoria de Cuba refleja ese perfil. Ha sido director del Banco
Central de Reserva, integrante de la Comisión de Libre Competencia de
Indecopi, consultor del Banco Mundial, BID, PNUD y OIT,
además de director de importantes empresas privadas. Más que un economista de
gobierno, representa a una generación de tecnócratas que transita con facilidad
entre el Estado, la empresa privada y los organismos internacionales,
consolidando una influencia que sobrevive a los cambios de administración.
Uno de los episodios que mejor retrata esa visión fue la defensa
pública de la Ley N.° 30288, conocida como la Ley Pulpín.
Mientras miles de jóvenes denunciaban que la norma reducía derechos laborales,
Cuba sostuvo que la disminución de beneficios sociales permitiría generar más
empleo formal. Sin embargo, esa premisa nunca lo llegó a demostrar a pesar de
decirse economista. La ley fue aprobada por una amplia mayoría del Congreso,
pero las masivas protestas obligaron a los propios parlamentarios a interrumpir
su receso para derogarla pocas semanas después. El episodio dejó una enseñanza
política: cuando la presión social superó la presión de los grupos de
interés, el consenso parlamentario se derrumbó.
Macroconsult también aparece vinculada a otro episodio significativo.
Según los propios fundadores de Todos por el Perú, Elmer Cuba fue
quien presentó a Julio Guzmán ante la dirigencia del partido,
facilitando el acercamiento que terminaría convirtiéndolo en candidato
presidencial. Diversos analistas observaron entonces la fuerte presencia de
profesionales vinculados a Macroconsult dentro de ese proyecto político, alimentando
el debate sobre la influencia de las consultoras económicas en la formación de
nuevas alternativas electorales.
Desde la perspectiva ese episodio resulta especialmente revelador. Macroconsult
no solo produce informes económicos o recomendaciones de política pública;
también ha participado en la articulación de proyectos políticos compatibles
con su visión del país. La influencia deja de limitarse al plano técnico y
se proyecta sobre la propia oferta electoral mediante redes de consultores,
empresarios y operadores políticos.
A ello se suma un dato adicional. Elmer Cuba y Drago Kisic,
uno de los socios históricos de Macroconsult, figuran como socios del Club
Nacional, reforzando la conexión entre consultoras económicas, grandes
empresas y los tradicionales espacios de sociabilidad de la élite peruana. El
nombramiento de Cuba, por tanto, no representa únicamente la incorporación de
un economista al gabinete. Representa el retorno al Ministerio de Economía de
uno de los principales centros privados de influencia sobre la política
económica del país.
LUIS DYER: EL EMPRESARIO QUE REPRESENTA A LA BURGUESÍA NO OLIGÁRQUICA.
A diferencia de otros integrantes del gabinete, Luis Williams Dyer
Fernández no proviene de la vieja aristocracia política ni de las familias
tradicionalmente vinculadas al Club Nacional. Su origen corresponde a
otro segmento del poder económico: el empresariado contemporáneo.
Su trayectoria política también ha sido limitada. Su única candidatura
fue en las elecciones generales de 2011, cuando postuló al Congreso por Ucayali
con Perú Posible, obteniendo 11,570 votos preferenciales sin
resultar elegido. Posteriormente no volvió a competir por un cargo de elección
popular. En 2016 dirigió el equipo nacional de personeros de Peruanos por el
Kambio y, en 2026, fue personero legal titular de Fuerza Popular,
desempeñando un papel importante en la defensa jurídica de la candidatura
presidencial de Keiko Fujimori.
Luis Dyer representa un fenómeno distinto al de Carlos Espá, Rafael
Rey o Rafael Belaúnde Llosa. Mientras ellos se encuentran vinculados a
redes históricas de la vieja élite republicana, Dyer simboliza la incorporación
al gabinete de un sector de la burguesía empresarial que ha acumulado poder
económico sin formar parte de los tradicionales círculos oligárquicos.
La comparación histórica ayuda a comprender esa diferencia. En la
antigua Roma coexistían los patricios, depositarios del prestigio
hereditario y del poder político tradicional, y los plebeyos enriquecidos,
que, sin pertenecer a los antiguos linajes, alcanzaban posiciones de influencia
gracias a su creciente poder económico. Salvando las diferencias históricas, Luis
Dyer representa esa segunda categoría: la burguesía empresarial que, sin
pertenecer a la vieja oligarquía, termina incorporándose al ejercicio del poder
político.
ERNESTO ÁLVAREZ: EL LEGISTA DEL CONSTITUCIONALISMO TECNOCRÁTICO.
Ernesto Julio Álvarez Miranda no llega al Ministerio de Justicia
respaldado por una carrera electoral. Su autoridad proviene del manejo no
siempre ortodoxo del Derecho Constitucional. Ha sido magistrado y presidente
del Tribunal Constitucional, presidente del Consejo de Ministros,
decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Martín de Porres
y mantiene una activa militancia en el Partido Popular Cristiano (PPC),
donde figura como fundador y presidente de su Consejo Consultivo Nacional.
Su concepción del poder quedó expuesta en sus propias declaraciones
públicas. Al defender el reemplazo del presidencialismo por un régimen
parlamentario sostuvo que "posiblemente el Perú no sepa elegir
presidentes de la República", recordando que los ciudadanos no
eligieron a Javier Pérez de Cuéllar, Mario Vargas Llosa ni Hernando
de Soto. A partir de esa premisa concluyó que el país funcionaría mejor
bajo un sistema donde el poder emane de un Congreso integrado por "los
mejores líderes políticos".
La tesis invierte el problema. Ya no serían los partidos los que
funcionan mal, sino los propios ciudadanos quienes elegirían mal a sus
gobernantes. La solución consiste en trasladar la decisión desde el sufragio
directo hacia las dirigencias parlamentarias. El ciudadano continúa votando por
congresistas, pero deja de decidir directamente quién ejercerá el Poder
Ejecutivo.
Esta forma de razonar recuerda a los legistas de la monarquía
francesa. A partir de los siglos XIII y XIV, los reyes comenzaron a rodearse de
juristas cuya misión consistía en construir argumentos jurídicos capaces de
justificar la concentración del poder en la Corona. No fortalecían el Estado
mediante las armas, sino mediante doctrinas que otorgaban la engañosa apariencia
de legalidad al fortalecimiento del poder real.
Salvando las diferencias históricas, Ernesto Álvarez representa al
legista contemporáneo. Su propuesta no se limita a una reforma
constitucional; parte de la premisa de que el poder debe desplazarse desde la
decisión directa del electorado hacia acuerdos alcanzados por una élite
partidaria. El fundamento de la legitimidad deja de descansar exclusivamente en
la soberanía popular para trasladarse hacia quienes, según esa lógica, poseen
la preparación técnica suficiente para gobernar, pero la suficiente cercanía a
los poderes fácticos como para ser un simple anexo parlante de la oligarquía nefasta.
Como ya advertimos en el Cazaoligarcas en nuestra columna de octubre
de 2025, detrás del parlamentarismo defendido por Álvarez existe una filosofía
política claramente identificable: cuando el pueblo elige mal, corresponde
reducir el ámbito de sus decisiones y ampliar el margen de actuación de las
élites políticas y jurídicas. Ese es, precisamente, el rasgo que acerca al
legista medieval con el constitucionalista tecnocrático: ambos utilizan el
Derecho para justificar una determinada distribución del poder a favor de
intereses que atenten contra los derechos humanos del pueblo peruano.
Conclusión: el gabinete de las redes oligárquicas, no de las urnas
La composición de este gabinete permite observar un fenómeno que suele
pasar desapercibido. Ninguno de sus principales ministros llega respaldado por
un importante capital electoral propio. Elmer Cuba no representa una
fuerza política, sino a Macroconsult y la tecnocracia económica. Carlos
Espá obtuvo apenas 560,792 votos (3.350 %), pero llega a la
Cancillería después de quince años en la Embajada de los Estados Unidos y de
una trayectoria vinculada a los grandes medios de comunicación y al Club
Nacional. Rafael Belaúnde Llosa alcanzó únicamente 40,870 votos
(0.244 %) y, sin embargo, asume el Ministerio de Defensa como heredero de
uno de los linajes políticos más antiguos de la República. Rafael Rey
hace años dejó de representar una fuerza electoral competitiva, pero continúa
ocupando espacios de poder gracias al capital relacional construido dentro de
la vieja élite. Luis Dyer incorpora a la burguesía empresarial situada
fuera del núcleo tradicional del Club Nacional. Ernesto Álvarez,
finalmente, aporta la arquitectura jurídica e intelectual desde la cual puede
justificarse una futura redistribución institucional del poder.
Cada uno representa un tipo distinto de poder. La tecnocracia
corporativa, la vieja clase política, las redes diplomáticas, la casta
republicana, la burguesía empresarial y el constitucionalismo tecnocrático.
Separados parecen perfiles distintos; juntos revelan una misma arquitectura.
La primera vuelta de 2026 dejó una paradoja. Keiko Fujimori obtuvo el
primer lugar con 2'877,678 votos, pero los votos blancos y nulos
sumaron 3'429,706, superando individualmente a cualquier candidatura. Sobre
el padrón electoral completo, el respaldo efectivo de la candidatura vencedora
representó apenas 10.53 % de los ciudadanos habilitados para votar.
Cuando la legitimidad electoral se fragmenta, otros poderes encuentran espacio
para consolidarse.
Ese es el verdadero hallazgo de esta investigación. El gabinete no
refleja únicamente el resultado de una elección; refleja la rearticulación de
distintas élites que sobreviven a las elecciones. Cambian los presidentes,
cambian los partidos y cambian los discursos, pero las redes económicas,
familiares, jurídicas, empresariales y diplomáticas continúan reapareciendo en
los ministerios estratégicos del Estado.
Las urnas deciden quién gobierna. Las redes oligárquicas terminan decidiendo con
quién gobierna. Ese es, precisamente, el fenómeno que se busca documentar.